SEGUNDA APROXIMACIÓN


CONSIGNA Nº 2

Presentación del autor Pedro Henríquez Ureña en el marco de la Generación del 900, describiendo sus aportes a la  Educación.

La Generación del 900

Hacia fines del siglo XIX y principios del siglo XX, se evidencia una tendencia hacia el fortalecimiento de los postulados emergidos con la revolución industrial, entre ellos: el auge del capitalismo europeo occidental, la expansión de esas potencias sobre el resto del mundo y el avance de la ciencia y tecnología.
A nivel del pensamiento y las ideas, se instala el positivismo. Ésta ideología ingresa a América Latina en épocas donde las élites buscaban la reforma educativa legitimadora de los nacientes Estados. El discurso imperante gira en torno al estado de supuesta fragmentación del continente, y la necesidad de trabajar por una unidad que actúe como base para la creación de las nuevas naciones modernas. Algunos autores hablan de un “continente enfermo” (Zumeta, 1899), cuyo retraso se explica a partir de los factores raciales y “legado genético” indígena absolutamente impermeable a los impulsos modernizantes (Argüedas, 1909). La superioridad es física, intelectual, emocional y hasta moral.
Bajo estas nociones positivas, devenidas en norma general, se establece una clara jerarquía de “razas superiores e inferiores”, que acaba por trasladarse bajo el dilema “civilización o barbarie” a la Educación. Por entonces, el abordaje educativo de la problemática resulta fundamental en tanto era necesario instalar y reproducir tales nociones, saberes, valores y creencias, dando luego lugar a cierta interpretación de la realidad.
Junto a ello, con la educación busca promover una identidad única y compartida, que reúna a los pueblos, orientados hacia un mismo camino: el progreso y desarrollo de las naciones latinoamericanas.
De este modo, se plantea que para lograr estimular la industria, el comercio, las vías de comunicación y el desarrollo económico en los países latinoamericanos, es menester superar el estado original de retraso y  fragmentación de los países, por uno superior, donde fuera posible hablar de naciones homogéneas, unidas y pujantes. Ello trae como consecuencia, la urgencia de anular desde la escuela las raíces de la cultura mestiza anterior a la independencia (que eran criollas) y sustituirlas por una imitación de la cultura francesa o inglesa. Había que desidentificar la sociedad con el fin de eliminar la barbarie original.
Para las élites agromineras exportadoras de nuestros Estados insulares entre 1880 y 1910, los vicios fundamentales de la América Latina eran el indio, el español, el mestizo y la iglesia católica. Por lo tanto, si había que borrar esos cuatro vicios, había que borrar al pueblo latinoamericano, su desarrollo era borrarlo.
En este marco emerge una serie de pensadores cuyos discursos antiimperialistas tienen por objeto la protesta contra el expansionismo norteamericano de principios del siglo XX por un lado, y como factor dominante la contrapropuesta defensiva de la unidad latinoamericana. Pretenden volver a los orígenes y recuperar aquellos atributos y particularidades que hacen al ser cultural latinoamericano.
En pleno auge del positivismo descrito, la Generación Latinoamericana del 900 surge como la primera cuestionadora del sistema instituido, planteando la necesidad de vincular la educación a la cultura en un renovado latinoamericanismo bolivariano continentalizado.
En este sentido, este movimiento de crítica busca que los postulados defendidos, sean el punto de partida para toda política de integración cultural en la globalización o en la era de las identidades supra-regionales basadas en la soberanía cultural. Su pensamiento siempre estuvo dirigido a la acción; sus planteos tenían como objeto la sociedad y nunca dejaron de entender a la política en sentido integral, de ahí su relación intrínseca con la educación.
Algunos de estos idealistas fueron José Enrique Rodó, Rubén Darío, Rubén Blanco Fombona, Manuel Ugarte, Luis Alberto de Herrra, Oliveira Lima, José Vasconcelos, Francisco García Calderón, José Santos Chocano y Pedro Henríquez Ureña.

Regiones conceptuales de la Generación Latinoamericana del 900
  • Educación-Identidad

El primero de los ejes del pensamiento de la Generación del 900 está relacionado con la recuperación de la educación como canal de la cultura en su reencuentro con el Ser Histórico Mestizo. Esto supone, el fortalecimiento de aquellos rasgos y atributos característicos de la identidad continental o sea de “La Patria Grande”.
Como plantea José Vasconcelos, es importante promover la unión de todas las repúblicas formadas, antes colonias españolas, para que procedan de acuerdo a “intereses comunes”. La liberación de los pueblos se da a partir de la educación,  “no podemos aspirar a liberarnos socialmente si antes no liberamos el pensamiento -construyendo lo propio desde la educación. Pero esta última liberación no se alcanza negando lo extraño, se logra construyendo lo propio”(Vasconcelos, 1969).
Por su parte, Pedro Henríquez Ureña plantea la idea de un nacionalismo espiritual. “Toda nuestra América tiene parecidos caracteres”; según él, “la unidad de su historia, la unidad de propósitos en la vida política y en la vida intelectual hacen de América una Magna Patria, una agrupación de pueblos a unirse cada día más(...)” (Henríquez Ureña, 1952).
No obstante, la unidad es sólo el comienzo, es el primer paso para lograr una real justicia, que permita la liberación de los individuos.
  • Educación-Inclusión Social

El segundo de los ejes del pensamiento latinoamericano, gira en torno al valor de educar para paz, el desarrollo y libertad, en vista de lograr la inclusión social.
Con ello, se hace referencia  a la necesidad de superar aquella vieja concepción que entiende a  la educación como mera instrucción y propagación de la cultura imperfecta, definiendo los marcos que permitan leer y escribir sobre la realidad.
Para José Martí “educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido (...) es ponerlo al nivel de su tiempo, para que flote sobre él y no dejarlo debajo de su tiempo, con lo que no podrá salir a flote, es preparar al hombre para la vida”, y demanda finalmente “(…) dirigir la educación de manera que prepare a los hombres para vivir sin ahogo en la Patria en que nacieron” (Ugarte, 1910).
En torno a lo mencionado, la necesidad de superar aquellos programas educativos europeizantes, que se encuentran alejados de nuestra realidad, y no aportan al desarrollo integral del hombre y la mujer latinoamericana. Por ello, la importancia de pensar nuevas propuestas educativas que posibiliten el empoderamiento de los individuos en el marco de las condiciones que lo rodean.
Por su parte, Henríquez Ureña enlaza la cultura del esfuerzo con el desarrollo personal y plantea que una de las discusiones en el marco de lo educativo, debe relacionarse con la búsqueda y recuperación del sentido del esfuerzo en el proceso de enseñanza-aprendizaje ante una peligrosa cultura del facilismo.
  • Educación-Democracia

Finalmente, el tercer punto dentro del pensamiento latinoamericano, se encuentra relacionado con la función social democratizadora de la educación para la igualdad.
Sobre ello, Martí habla de estimular el interés por el conocimiento como vía para desarrollar en cada niño el autodidactismo y el crecimiento personal. Tal como se mencionaba con anterioridad, educar es trabajar para lograr sujetos libres y protagonistas de su destino.
A su vez, Henríquez Ureña expresa que la educación no puede ser reducida a pequeños núcleos de un nuevo despotismo ilustrado, en la nueva era feudal de la tecnología, la educación asume el rol de justicia social, constituyéndose como la utopía de América.
Por último, Ugarte destaca el rol del Estado como garante y responsable por el logro de este cambio. “Es el Estado el único que puede acabar con la desorientación y el desmigajamiento que paraliza el empuje de la juventud”(Ugarte, 1910).

Pedro Henríquez Ureña
En el caso de este personaje de la historia y cultura latinoamericana, sus ideales y pensamiento estuvieron ligados a la defensa de los pueblos originarios y la revalorización de su culturas, saberes, creencias, y formas de expresión.
Nació en Santo Domingo el día 29 de junio de 1884. Hijo de la escritora dominicana Salomé Ureña de Henríquez y de Francisco Henríquez y Carvajal.
Durante su niñez y adolescencia Henríquez Ureña frecuentaba centros de reuniones y lecturas, en los cuales desarrolló el gusto por los clásicos y modernos, por el teatro español, la novela francesa y el teatro de Ibsen que le descubrió un mundo nuevo: la literatura moderna.
A los 17 años viajó a Nueva York, Estados Unidos, donde aprendió el idioma, entró en contacto con las mejores bibliotecas y los más importantes valores musicales y teatrales.
La segunda vez que estuvo en Estados Unidos fue de 1914 hasta 1920, periodo en donde alcanzó una sólida formación profesional y docente. Obtuvo su maestría en Arte y el grado de Doctor en Letras. Bajo esas circunstancias tomó contacto con el Centro de Estudios Históricos de Madrid, y se abocó a la enseñanza, brindando el curso "Vidas y costumbres en Hispanoamérica", en el Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Minnesota.
A principios de los años 20, fue nombrado Director General de Enseñanza Pública y catedrático de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) colaborando con revista “Savia Moderna”. Tras esta etapa, empezó a trabajar con el Centro de Estudios Históricos de Madrid, junto a Ramón Menéndez Pidal, siendo uno de los impulsores de la “Revista de Filología Española”.
En 1925 se trasladó a Argentina, y asumió como profesor en las universidades de Buenos Aires y La Plata. En 1931 regresa a Santo Domingo para ocupar la Superintendencia de Enseñanza pero dos años, luego de lo cual vuelve a Argentina. De vuelta a Argentina fundó la Universidad Popular Alejandro Korn, dirigiéndola desde 1937 hasta su fallecimiento.  Además prologó la colección Cien Obras Maestras, concibió la Colección Grandes Escritores de América y organizó la Biblioteca Americana.
En 1940, fue corresponsal del «Heraldo de Cuba» y durante esta época dio clases en las universidades norteamericanas de Minnesota, Chicago y California, siendo a su vez,  invitado especial de la Universidad de Harvard para dictar la prestigiosa cátedra Charles Eliot Norton, fue el primer latinoamericano en hacerlo.
Pedro falleció en mayo de 1946, en Argentina.
Su vida y  su carrera académica y profesional estuvieron dedicadas por completo a la investigación, enseñanza y educación del pueblo. Su meta siempre fue concientizar a las juventudes para que sean estas quienes luchen por la unidad e independencia espiritual de América, de la Magna Patria.
Se anexa un fragmento de una entrevista realizada al escritor argentino Ernesto Sabato, quien fue alumno de Henríquez Ureña y explica brevemente el eje de su pensamiento.





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